Seguramente sea en la etapa de la secundaria cuando
sufrimos esa transformación, tanto física como psíquica, a la que todo el mundo
está destinado. Cambios corporales, hormonales, emocionales… Cambios y
preparativos hacia la madurez. Aquí es cuando empiezan los problemas, cuando
somos conscientes de todo lo que pasa a nuestro alrededor y, en mi caso,
actuamos con más rebeldía. El inicio es aún infantil, inocente, las tardes
libres de clases en el conservatorio transcurren encima de un árbol (extremo
izquierdo de la estampa) y nuestra responsabilidad máxima es alimentar a un
desnutrido gato callejero. Tras muchos años intentando convencer a mis padres
de tener un dálmata, dicho gato callejero pasó de la calle a mi casa tan rápido
como a mi madre se le partía el alma al verlo. La posesión de un animal suponía
responsabilizarse de todos sus cuidados mientras me iba ganando su cariño. Al
realizar el diseño de este animal para el boceto quedé sorprendida con el
resultado: el gato, ese animal al que tanto adoro, lo dibujé inconscientemente
fiero y, de esta manera, quise personificarlo con la figura materna, a veces
dura y seria (de ahí las gafas).
A medida que vamos creciendo, crecen de manera exacerbada
los problemas. Somos más conscientes de la dura realidad que nos rodea:
disputas, separaciones, enfermedades… Alguien me dijo alguna vez que el ser
humano está diseñado para borrar los sucesos duros, los asimila y los convierte
en una fase más de la vida. Sabía que esta idea debía ser plasmada por medio de
una abstracción y, pensando y relacionando conceptos, llegaron a mi cabeza un
montón de pájaros volando, cada uno en una dirección, cada uno se correspondía
con alguno de mis grandes sufrimientos que, en su día, fueron superados y
volaron lejos de mi mente y únicamente aparecían cuando un aire tormentoso se
acercaba.
Unas vacaciones en las desiertas playas de septiembre
fueron mi última verdadera unión familiar (puesta de sol en el centro de la
composición), tras ellas vino una fase de acomodamiento y superación. La
paternidad nos llevaba a lugares recónditos de nuestra propia tierra y la
maternidad a mi queridísimo y, hasta entonces desconocido, San Sebastián
(barandilla típica del paseo marítimo en la zona superior de la estampa).
Comenzaba a convertirse en la época de “las últimas
veces”. Tristeza pero a la vez felicidad. Últimos llantos en compañía, bellos
poemas (los rayos del sol, en el centro del dibujo, son fragmentos de un poema
que escribió mi abuelo cuando nací, invertidos de manera que no puedan leerse
claramente, por su carácter personal) y miradas que aguardaban profundos
significados.
A pesar de los baches personales, el conservatorio y el
atletismo (al que tan sólo dediqué un año) mantenían mi mente despejada
mientras, para colmo, debía despedir a mi hermano universitario que me dejaba
sola ante la adversidad. Este sentimiento de soledad en la dura prueba de la
adolescencia está identificado con la forma del boceto: una forma vertical,
ascendente, hacia delante, con diferentes “vallas” de por medio.
En contraposición a lo dicho anteriormente acerca de “las
últimas veces”, es esta fase de la vida en la que experimentamos grandes
momentos por primera vez. Fue la primera vez que viajé a otro país sin
mis padres y con gente de mi edad. Este inolvidable viaje a Berlín (alusión con
la silueta del famoso icono del carro con caballos de la Puerta de Brandeburgo) con el
conservatorio supuso la primera vez que toqué en una orquesta sinfónica.
Una de las mejores sensaciones de mi vida: escuchar a más de 50 personas
compenetrarse de tal manera que la música fluya de forma casi perfecta y te ponga la piel de gallina al segundo. Primera
vez que monté a caballo (aproveché la cuadriga berlinesa para fusionar dos
hechos), y de qué manera: un recorrido por el parque de Doñana y por la playa. Fue
la primera vez que viví la fiesta descontrolada de unas adolescentes de
16 años en Marbella (olas chocando contra la cuadriga como representación del
descontrol). La primera vez que dije “te quiero”, primera vez que
probé un cigarrillo (el personaje tiene uno en la mano), primera vez que
fui consciente de que la madurez se acercaba a pasos agigantados…
Es irónico pero, a pesar de haber sido la etapa en la que
descubrí qué era sufrir, ha sido la más esencial, la que me ha dado las tablas
para seguir creciendo.
En cuanto a la parte técnica del grabado, fue bastante
sencillo realizar el dibujo sobre la matriz, ya que se trataba únicamente de
rallar el metacrilato con la punta seca. La complicación vino a la hora de
entintar y estampar. Tres maneras diferentes de realizar la estampa, un largo y
minucioso proceso de entintado y retirada de tinta de la matriz y la angustia
de no poder controlar al cien por cien la aparición de los biseles en la
estampa, me produjeron una inesperada decepción con esta técnica. Mi conclusión
final es que de conocer mejor los resultados del metacrilato hubiera realizado
otro tipo de boceto, aportándole, por ejemplo, volumen, cualidad que se le debe
sacar partido a la punta seca (no lo modifiqué porque mi proyecto se basa en
dibujos muy planos, más cercanos a la ilustración que al realismo).
Boceto inicial.
Metacrilato (matriz de la punta seca).
Matriz grabada.
Biseles realizados con bruñidor.
Entintado de la matriz a partir de una muñequilla.
Primera retirada de tinta de la matriz a través de una hoja de periódico.
Continuación de la retirada de tinta mediante una tarlatana y seguidamente mediante papel cebolla (dependiendo de si se trataba de la estampa en blanco y negro sin velo, con velo o la de color se limpiaría más o menos tinta).Limpieza de los biseles.
Limpieza de la matriz con aceite de girasol para continuar estampando.
Matriz con tinta de color (rojo y negro).
Estampa bon á tirer en blanco y negro sin velo.
Estampa bon á tirer en blanco y negro con velo.
Estampa bon á tirer a color.